No podía ser de otra manera. Cada festival de Cosquín provoca lluvia de críticas y halagos. Para los que se suben al escenario: los halagos, para los que se quedan abajo: las críticas. Pero esta vez parece ser que en los dos casos hay muchas críticas que hablan de un festival que pierde esencia.
Si la esencia de lo popular, es la adhesión del público mayoritariamente convocado a esa plaza Próspero Molina, es indudable que “lo popular” se acota al grito, a las palmas, al estímulo que desde el escenario le llega a la gente.
Es así que la gente “se aburre” cuando escucha canciones cantadas con sentimiento y profundidad, y se divierte con el Chaqueño Palavecino. El mismo que sube diez músicos buenos para cubrir lo que ya no puede dar su garganta sacudida a través del tiempo y miles de recitales.
Hace años que Cosquín abrió sus puertas a las delegaciones llegadas de otros países de América. Es tan poco lo aportado por el festival en el sentido de ilustrar a la gente sobre la existencia de otros ritmos que forman parte de este folklore latinoamericano, que cuando suben tres excelentes músicos colombianos, la gente grita ”Peteco!!”. Hasta allí llega el conocimiento popular, hasta ¡Peteco!, más allá de los méritos que este excelente músico argentino posee y aporta.
Cosquín abrió su escenario y estrechó la mirada. Las delegaciones provinciales, pasan como ráfagas porque en minutos tienen que contar lo que tienen en su lugar de origen y solo alcanzan a cantar tres temas y bailar apurados como si fuese una carrera fórmula uno. Creen así, que cumplen con el requisito de ser “abiertos”, “fraternos”, “solidarios” con las provincias, cuando en realidad les importa tanto como a Miss Universo, la señora que plancha a la vuelta de la casa.
El asunto es cumplir la forma, que aparezcan los nombres de los intendentes o gobernadores “que ayudaron con esfuerzo a que estemos en este escenario”. Un reconocimiento que habla a las claras que el “esfuerzo” oficial es por un trueque político ya conocido y reconocido hace muchos, muchos años.
Hay un desconocimiento profundo de lo que es un Festival de música popular, si se tiene en cuenta que hay quejas de los artistas consagrados porque llegan a cantar de madrugada. Es un desencuentro de conceptos: Cosquín es un negocio y los artistas consagrados deben ir al final de la noche para que el público se quede plantado allí y mostrar que la plaza se llena de fervorosos amantes de la música “nacional y popular”, y el comercio de los alrededores funcionen bien. Por otra parte: si es un festival de música popular abierto a todos, ¿ porqué deberían ir los consagrados al comienzo?, en todo caso, al comienzo deben ir los no consagrados para que los consagre la gente antes de dormirse.
La presentación del Festival es lamentable. Marcelo Simón es un hombre que conoce mucho del folklore y la historia del mismo. Capitaneó programas de relevante calidad en ese sentido y en varios medios nacionales. Es una figura respetada, sin dudas. Sin embargo, cumple un rol muy pobre, porque solo anuncia, es como una agenda mecánica: apretar el botón y “sale con fritas”.
La señorita que acompaña es muy mala conductora y muy buena modelo. Repite sin ponerse colorada, una y otra vez: “aquí llegan, nuestros poetas, nuestros músicos, la provincia con el sol y el mejor vino, la más linda del país”, sin observar que está hablando de Usuhaia, por ejemplo: para ella esa muletilla le alcanza.
La lluvia hizo que en la cuarta luna se “cayera” el festival y se insistió en seguir. Esperamos las sucesivas y aplaudimos a nuestros artistas, los consagrados y los nó consagrados, sabiendo que todos deben tener motivos para estar allí, en “ese lugar sagrado” como exageró un cantante.
Tal vez, no tuvo tiempo para darse cuenta que “el lugar sagrado” es el que cotidianamente eligió para crear sus canciones, cantar con sus vecinos y dejar testimonio de su paso por esta tierra.
Lo demás es fama, y ya da para otra nota.